COMPAÑEROS DE CAMPSARED



"Podeis decir lo que pensais de vuestros encargados, de los objetivos, de la venta activa, de los cursos, de Sumando valores, seguridad, promotores del cambio, sindicatos, y todo lo que querais. Hubo en tiempos un blog de un compañero en donde mucha gente dejó sus comentarios, hoy no existe y como alternativa nace CAMPSARED BLOG, para reunir a todos los que somos COMPAÑEROS DE CAMPSARED"



Este blog, como indica en la cabecera, originariamente fue creado por un compañero llamado EXPENDEDOR-VENDEDOR el 20 de noviembre de 2008 pero problemas técnicos le impidieron actualizarlo, lo que dio pie a la creación de esta segunda etapa renovada que es la que se abre a continuación.
Como aquel, mantiene la idea de tener una plataforma de comunicación, de reivindicación y sobre todo un medio de expresión para todos los trabajadores de CAMPSARED y de REPSOL, y a la que quedan invitados cualquiera de los trabajadores de EESS sean cuales sean sus marcas.



Bienvenidos todos a este foro de diálogo e información.



Recordar que si visitais esta página por primera vez, para conocer el contenido completo de este blog desde su nacimiento, deberíais comenzar por el antiguo blog pinchando en este enlace:

'www.campsaredsprint.blogspot.com'





25 de mayo de 2013

VENTA PRO-ACTIVA

Turno de noche, 5:05 de la madrugada, Yo, con más sueño que un segurata después de doblar turno. Los aseos recién limpios, la tienda colocada, cada patata repuesta y frenteada. Recién cambiadas las papeleras de la tienda y abrillantados los cristales del vault. He sacado bollos, pan, y he tenido hasta tiempo de ir girando paciéntemente las latas de refrescos colocándolas mirando hacia la calle. La tienda está de lujo. Empujo ligeramente las chocolatinas que están descolocadas para que esté todo perfecto, en una exposición impecable.

La estación de servicio está en una autovía, a estas horas todo es tranquilidad, ya no pasa ni el tato a no ser que estuviera borracho, y ni por esas.
Repaso como si hiciera una inspección cada detalle de la tienda, limpio el polvillo de los extintores, saco brillo a las papeleras, miró al trasluz, para que aquellos taburetes y mesas de aluminio, reflejen la limpieza de la estación. Pongo servilletas, publicidad, las sillas ordenadas.

Las SP tienen algo de polvo, me pongo manos a la obra, cojo la bayeta, limpio y seco las botellas, los frascos, y los ordeno con delicadeza, como Nadal, cuando coloca las botellas de agua, como un ajedrecista, suavemente, como si fuera un ejército formado y alineado en perfecta armonía.

Antes de que llegue mi compañero, me decido a fregar los suelos de la tienda, será ya el colofón para dejarla preparada para un concurso de limpieza. Dudo un momento, en la calle caen unas gotas de fina lluvia que ensuciarían nuevamente los suelos, pero, ¿quien va a pisar, si ya no hay nadie por estas carreteras?

Lleno el cubo despacio, añado su porción de lejía y detergente, lo remuevo con la fregona, concienzudamente, como si prepárese una queimada. Canturreo una cancioncilla, mientras me dispongo a dejar aquello como para que vengan cinco inspectores de Horizonte, del e3 y hasta del CSI a ver si encuentran algún rastro de polvo o mugre por la tienda.

Paso aquella fregona suavemente, sin dejarme ningún rincón, echo un poco de ambientador. Allí, huele a limpio como si se tratara de un quirófano, podría operarse o darse a luz y estaría todo esterilizado y perfecto. Mejor no, no vayan a ensuciarlo despues del trabajo que me ha costado.

Termino, vacío el cubo. 5:35 de la mañana. Aquel local reluce como un palacio de los cuentos de hadas. Y entonces... ¡horror!, un autocar de despedida de solteros. Afortunadamente tengo echado el cierre. Aquel torrente de hormonas bañadas en alcohol, se agolpa en los cristales como un grupo de hooligans después de haber ganado una eliminatoria de Champions. Comienzan los viajecitos, uno, dame un paquete de Chester, otro, dame uno de Marlboro, así un largo etcétera, viajecitos a la máquina de tabaco, cada uno con un billete de 20 €.  A tomar por culo el cambio que ya tenía contado. Dame una Cocacola, dame unos Donettes, una bolsa de Lay's, en fin, una mierda. Finalmente, ante la avalancha de gente decido abrir las puertas y que vayan sirviéndose y guardando cola educadamente. Craso error -como diría el romano Marco Licinio, y más recientemente Schwarzenegger en “El último gran héroe”-, aquello fue como abrir la tienda para que entraran los monos del Peñón, hubiése preferido los zombies de Resident Evil, que aquella panda de descerebrados vacilones.

En un momento, la tienda que minutos antes era un prodigio de colocación, la pusieron patas arriba, las patatas descolocadas, todo lleno de huecos, las chocolatinas hechas un barullo, los servicios, no me quise ni imaginar, y por si fuera poco, reventaron una litrona, y calló al suelo, entera, una de las baldas de chicles desparramándose entre aquel bosque de piernas.

¡Joder!, si hubiéramos vendido pistolas desechables, como los teléfonos Bic, hubiera abierto una y me hubiese cargado a cuatro o cinco antes de levantarme la tapa de los sesos, ¡dios mío, qué impotencia!

Encima, yo ya estaba para acabar el turno después de 7 noches seguiditas; más quemao que la moto de un hippi, y acababan de echar por tierra todo mi trabajo de la semana.


Al cabo de una hora se marcharon. Se hizo el silencio más hermoso, aquello quedó como Sarajevo tras los bombardeos bosnios; productos por el suelo, pisos viscosos mezcla de barro, cerveza y gusanitos, la balda de chicles descolgada, y todo removido como si acabara de sufrir un terremoto. El espectáculo era desolador.

En esto, se me ocurrió pensar, ¡Joderrrr!, estos mamones me han robado naranjas. Me acerqué hasta la puerta, y efectivamente, a una caja le faltan tres naranjas, ¡mierda, mierda, mierda!.

Sin pensarlo dos veces ya que aún estaba el autocar en medio de la pista, me planto delante en plan Torrente, y les digo que de allí no se mueve nadie hasta que aparezcan las naranjas. Imaginaos el espectáculo en pleno amanecer: el conductor pitando, los tíos vociferando por las ventanillas, y yo allí, como un poste, cagándome en la puta madre y arrepintiéndome de haber abierto.

Debo decir que tuve suerte, la policía municipal, que apenas pasa por allí, viendo el follón montado, se acercaron y mediaron en el conflicto para, en definitiva, que los del grupo de chorlitos me pagaran la caja de naranjas. Eso es venta activa de SP, y lo demás son tonterías, pensé mientras volvía con el dinero hacia la tienda.
Luego, otra vez frente al desastre, casi se me saltan las lágrimas.

En eso llegó mi compañero de mañana exclamando: "¡Joder, no has hecho nada, te has estado tocando los cojones!"
Le miré, como solo se mirá a las mierdas cuando las pisas, o a los imbéciles, cuando te tiran un cubata por encima o te abollan el coche, y solo dije: "Tu eres gilipollas". Cambié el turno y me fui a casa más caliente que el termo de la leche.

Y encima de regreso pinché. Me detuvieron los municipales cuando intentaba tirarme al rió con la rueda de repuesto atada al cuello.

Basado en una publicación de Nacho Martin para Facebook (Trabajadores de Campsared - España) el  8 de abril de 2.012 a las 10:12
. POR FAVOR, NO DEJES DE VOTAR ESTE ARTÍCULO A CONTINUACIÓN. GRACIAS

14 de mayo de 2013

ABULIA

Después de un tiempo lejos de aquí, intento zambullirme nuevamente en el Blog, y una y otra vez, una marejada que viene de no se sabe donde, me saca del agua y me devuelve a la orilla desilusionado y sin fuerzas, al mismo sitio donde agonizan las caracolillas en paro, las tellinas descarriadas, y los cangrejos desahuciados por los pescadores furtivos.

Hoy no es un buen día. ¡Coño!, no hay buenos días desde hace varios años, desde que a los españoles nos despertaron unas sirenas de bombardeo que no sabíamos -ni a estas alturas conocemos-, quien empezó a tocar, pero que nos han cambiado la vida. Han destruido todo lo que había, han reducido a escombros las ilusiones de una generación (o varias). Han derribado de un bombazo el bienestar y la esperanza de futuro de varios millones de personas.

Las sirenas de la crisis no dejan de sonar ahí fuera, no sabemos cuando podremos salir de los refugios. Las explosiones suenan cada vez más cercanas, se intuye un largo duelo. Las trincheras semejan sepulturas.

Como quien no quiere la cosa, hemos pasado de vivir en un colorido 3D a deambular como Viggo Mortensen en La carretera, por un apagado y sombrío blanco y negro. Aunque Rajoy se asome en un plasma a color como el comandante supremo de una nave espacial, aunque sus subalternos vean brotes verdes sobre el suelo estéril de "marte", lo cierto es que no hay más verde esperanza que el que regaron las abundantes lluvias del invierno, ni otros brotes que los espárragos trigueros que enseguida han desvalijado los saqueadores de brotes verdes sin ánimo de lucro.

Desde la orilla, sentado con el culo a remojo, no se si de canguelo o de tristeza abúlica, las despiadadas noticias de la actualidad, me dejan ausente y apesadumbrado, como un atún en un acuario. Repsol es un buque que cruje, parece que no se vaya a hundir. Tuvo unas cuantas vías de agua pero los sindicatos salieron al rescate, o al menos se han apuntado el tanto de cuidar nuestros intereses y salvarnos la vida de todos los peligros que nos acechaban. Parece que frenaron los subarriendos, que son como desahucios laborales, en los que el trabajador ni pincha ni corta, ni es culpable, ni le dejan ser víctima, ni en su mano está resolver nada.

Sin embargo, todo tiembla y se abate alrededor nuestro. La televisión y la prensa, son una crónica de la "gran depresión", ¿Cuántas personas inocentes van a pagar la sinrazón de unos economistas sin entrañas?, ¿Cuántas familias más van a sufrir la lentitud de una burocracia antisocial, que no entiende que las facturas y las letras no esperan?. ¿Cuánta gente más puede sumarse a este desastre sin que los políticos resuelvan las necesidades más básicas y encuentren una solución inmediata?

Desde mi orilla, zarandeado por la olas de un planeta convulso, me es difícil volver a entrar en este mundo marcado por la rivalidad, por demostrar qué partido político es más admirable, y que sindicato la tiene más larga. Tal como están las cosas, parafraseando a Humphrey Bogart en Casablanca "los problemas de dos pequeños seres (Léase: Los ciudadanos) poco importan en este loco mundo". He llegado a la conclusión, de que la supervivencia es lo principal, los sindicalistas y los políticos te informan interesadamente, pero sus palabras embriagadoras tienen efectos secundarios, y son tan, tan dulces que empalagan, y engatusan a veces, consiguen votos, y ganan elecciones, pero, ¿Sin nuestro voto valdríamos algo en realidad? ¿Mereceríamos su atención?

Los partidos políticos debaten de semana en semana lo que nos conviene a todos. Y nunca hay prisa, hay que discutir todo con calma y por acuerdo. Los sindicatos, por lo que he visto hacen lo mismo, y si se mojan lo hacen con precaución metiendo como mucho los pies. Hablan de "arreglarlo" a la larga, como si hubiese muchos años por delante, como si las negociaciones fuesen legados para dejar a otra generación. Al menos con la disputa sindical la gente no pasa hambre, no tiene que rebuscar en los cubos de basura, no tiene que suplicar ayuda de asociaciones y familia; podemos equipararlos a una larga teleserie que deambula por nuestras vidas repitiendo los argumentos. Los sindicatos por lo que se vé, tienen todo el tiempo del mundo, ¿Para qué darse prisa?. Los derechos laborales no mitigan el hambre como si fueran bocatas de jamón, son solo el postre, ¿Y qué importa si nos quitan la guinda?
  POR FAVOR, NO DEJES DE VOTAR ESTE ARTÍCULO A CONTINUACIÓN. GRACIAS

4 de mayo de 2013

LA ESTACION DEL TERROR.

Por revoltosina

Un día salí de casa en dirección al cine, había quedado con unas amigas para ver en 3D una de las múltiples secuelas de Viernes 13. No era ni martes (por aquello del no te cases ni te embarques), ni viernes, ni tampoco era 13, pero lo que no podía imaginar era lo terrorífica que iba a resultarme la tarde.

A los 5 minutos de viaje mi primer susto: la luz de la reserva se enciende. Como mi estación de confianza estaba en dirección opuesta decidí repostar en la primera gasolinera que encontré. De haber visto Psicosis la semana anterior, en vez de Mamma mía, como insistieron mis amigas, nunca se me hubiera ocurrido detenerme en aquella gasolinera solitaria.

Era una estación de servicio bastante grande, de la marca Repsol, la misma que mi estación de siempre, así que, pensé que aquello era una garantía, y que me tratarían de la misma manera, o como en los anuncios de la tele, que sale un chico muy majo a atenderte, con una sonrisa y un trato excepcional.  No sabía muy bien donde me estaba metiendo. Si la vida tuviera banda sonora, los golpes siniestros de piano me hubiesen advertido de mi error.

Como en toda peli de miedo, siempre hay una tonta que se adentra donde no la llaman: Ésa era yo, confiada, me llamó la atención un cartelito en el que regalaban 6 euros para el Corte Inglés. Fantástico.  Explicaban que debía repostar un mínimo de 30 euros, y me dije que no había inconveniente, ya que mi idea era llenarlo.

Mi primer problema fue que la estación funcionaba en autoservicio, y por tanto nadie salió en mi ayuda, ¿Dónde estaba el chico majo de la tele que hasta te saca el café al coche?. Primera decepción.

Después de diez minutos espantosos conseguí llenar mi 205. Como siempre me habían echado el combustible, nadie me había advertido que mi coche solía escupir parte del mismo por la boca del depósito, así que aquel simple proceso de llenado se convirtió de pronto en un suplicio cuando, como si diera de comer a un niño pequeño una papilla, éste me la escupía con horror poniéndome perdida. Mi tarde perfecta con mis amigas ya no lo era tanto. Aparte del importe del combustible, había destrozado unos zapatos carísimos, y mis manos y piernas desprendían un terrible olor a gasoil. ¿Quién iba a aguantarme aquella tarde con ese irresistible olor a furgoneta averiada?  Con ese aroma no solo espantaría a las avispas, también al resto de los seres humanos que se me aproximasen.

Me encaminé a pagar y aquello parecía Viernes 13 en real. No salia Jason con careta y cuchillo en la mano persiguiéndome, pero detrás de mi venía un señor de unos cincuenta y tantos, con visible cojera, y una cara forzada de felicidad, llevando una caja de naranjas en una mano, y una paleta de jamón en la otra, diciéndome que las naranjas eran de Valencia, que estaban muy, muy ricas y que solo costaban 6'95, y la paleta si la compraba junto a un pack de vino me salia a un precio de oferta fabuloso. "Llévatelo, llévatelo", decía con insistencia, "Hazme caso niña".

Aceleré hacia el edificio, pero el señor me salió al paso por algún atajo y esta vez, venía hacia mi con una lata de aceite "con denominación de origen muy rico" entre las manos, esbozando una sonrisa diabólica. Le esquive como pude y conseguí llegar hasta la caja a pagar.

Allí me atendió una chica muy maja, bueno, maja hasta que empezó a ofrecerme cosas sin parar. Primero un refresco para el camino; amablemente le dije que no, y entonces me sacó unos cupones de la Cruz Roja, preguntándome si quería colaborar llevándome uno de ellos, asegurándome que iba a tocarme. Volví a decir que no y ella insistió.

Me preguntó a continuación si quería ganar un millón de euros, que solo debía comprar un boleto de Súper Once que casualmente también podía ofrecerme. Ahí reiteré mi negativa con cierto agobio en la mirada, y aún así hizo intento final ya con la cara demudada y ojos de loca. Como en la saga de Crepúsculo, pensé que iba a morderme así que le compre dos rascas. Parece que aquello la calmó, y fue cuando debió entender que no conseguiría venderme nada más pues puso una cara de tristeza que casi se le saltan las lágrimas.

Mientras me entretenían aquella pareja de vendedores compulsivos, yo solo hacía pensar que estaba perdiendo allí un tiempo precioso, ya que debía volver a casa a quitarme el olor a gasoil y a cambiarme de zapatos, y que ya no conseguiría llegar a la hora convenida.

Al entregarle la Visa para que me cobrase, se creció nuevamente y reinició el ataque. Me empezó a preguntar si tenía una tarjeta de puntos o descuento. Le dije amablemente que tenia prisa, y que me cobrara, pero entonces ¡tachán! me ofreció una tarjeta de su empresa. Me aseguró que era una Visa normal como cualquiera, pero que aplicaba un descuento en las compras, etc., etc. Yo ya no estaba para oírla, a estas alturas pensaba: ¡Tierra, trágame!. Su compañero seguía agitando frascos, quesos y bolsas de legumbres tras de mi,  y casi medio llorando les dije que lo único que quería era pagar e irme. ¡Por favor...! insistí entre gimoteos. Pero no había acabado el show, como última propuesta me ofreció una tarjeta Repsol Mas por la que me hacían un descuento por litro suministrado en aquella estación de 3 céntimos. ¡¡¡Noooooo!!!


Fue cuando algo estalló dentro de mi cabeza; me entró un ataque de histeria. A duras penas logré sacar el monedero del bolso y en cuanto vi que llevaba dinero en efectivo para pagar, lo cogí como pude y se lo puse sobre el mostrador, casi tirándolo. Después, esquivé al compañero de la chica, y emprendí la carrera sobrecogida por el miedo. Antes de alcanzar la puerta oí decir a la cajera que se me olvidaba el vale descuento del Corte Ingles y las vueltas. Por no desandar el camino y arriesgarme a que me acorralaran e intentaran venderme alguna cosa más, le dije que no los quería, que para ellos para siempre. Tras de mis pasos por la pista iba el expendedor de la cojera y la sonrisa de loco con unos frascos de almendras y avellanas siguiéndome hasta el coche. Cuando llegue hasta allí y me vi en el interior, sentí un alivio, como si acabara de salvar la vida. Salí disparada de aquel sitio sin ponerme ni el cinturón.

Sobre el cristal aún se apreciaba el vaho del empeñado vendedor arrimado a la ventanilla de mi coche tratando de venderme alguna cosa. Cuando me alejaba creí oír alaridos y lamentos y hasta gemidos tras de mi. La tarde había sido de aúpa, terrorífica como un pasaje del terror versión gasolinera diabólica. Cuando me encontré con mis amigas, pensaban que había visto un fantasma de lo blanca que estaba. No sabían si ofrecerme un whisky doble, o una grajea de diazepán.

Unos días mas tarde en mi gasolinera de confianza, me explicaron las diferencias entre ellos y CAMPSARED, y entre otras cosas también me comentaron que el famoso vale del Corte Inglés, solo es descuento de 6 euros en compras superiores a 60, así como varias cosas mas, todo sin tratar de obligarme a comprar nada, por simple y pura cortesía.

Desde aquel día no he vuelto a acercarme por aquella estación, y procuro evitar la calle por si acaso. Con solo pensar lo que pase en aquel lugar se me ponen los pelos de punta y palidezco. Algo debe estar pasando allí, porque se comenta que cada vez va menos gente a repostar y alguno de los que lo hacen, nunca mas vuelven.



Una historia escrita por revoltosina el 19 junio 2012 21:46 - Adaptada por Anksunamun

POR FAVOR, NO DEJES DE VOTAR ESTE ARTÍCULO A CONTINUACIÓN

1 de mayo de 2013

MAYO 2013, comentarios

Para leer los comentarios del mes anterior (abril) pincha aquí


NOS HA JODIDO MAYO, 
Y SI NO, 
AL TIEMPO

En cuanto se empiece a mover la gente, nos lloverán las prisas por vender, por captar clientes, por establecer nuevos récords, por ser los primeros de la cartera.

Va a empezar a llover de lo lindo.