DONDE LAS DAN LAS TOMAN
Últimamente, nos hemos ido acostumbrando a la presión, a que nos digan cómo, cuánto, y qué tenemos que vender. En el siglo pasado, los baby boomers, la generación X e incluso los millennials que trabajábamos en Campsared, estábamos acostumbrados a que nos encargaran otro tipo de tareas. Por entonces lo principal era limpiar: barrer, fregar, hacer los surtidores, limpiar baldas, dar lustre y esplendor a las vidrieras, limpiar baldas —ya lo he dicho—, y atender al público. Luego arribó un navegante portugués y dio al traste con todo. Llegó con su teoría del 1 + 1: un cliente, más una Coca-Cola, equivalía a más ganancia. Empezamos por pequeñas cosillas como vender helados, chicles o refrescos, pero luego la situación se complicó. En realidad fue un cambio en la mentalidad empresarial de todas las empresas: ya que el trabajador estaba ahí, había que sacarle el máximo provecho.
Empezamos a escuchar hablar de productividad, del valor añadido que suponía que los trabajadores combinaran sus tareas con la venta directa, que era la elevación al cubo de la venta por impulso. Desde entonces fueron introduciendo nuevas actividades, más trabajo, y para no subir el sueldo se inventaron los incentivos. El mundo había cambiado y lo más importante era ser productivo. «¡Productividad, productividad!», ese era el nuevo lema que agitaban las empresas; lo esencial era obtener más beneficios. Este método consistía en el uso eficiente del tiempo, la eliminación de distracciones y la implementación de hábitos saludables que beneficiasen a la empresa.
En esto llegaron nuestros sindicatos con sus armas de persuasión, su reivindicación sin límites y su implacable lucha obrera en defensa de los trabajadores… No, esto no ocurrió así. Los sindicatos que tenemos y que supuestamente nos defienden se habían convertido de la noche a la mañana en «sindicatos verticales», manteniendo una relación estrecha con la compañía y, por supuesto, resolviendo conflictos mediante acuerdos con la Dirección, en lugar de a través de la lucha sindical tradicional. Parece ser que eso había muerto junto a Marcelino Camacho, la única representación decente de lo que tiene que ser un verdadero sindicalista.
Estos de ahora son unos timoratos que acuden al pesebre de la empresa a que les den una ración de alfalfa —quien dice alfalfa dice gambas—, renunciando a la lucha sindical y criticando los modelos tradicionales de reivindicación de los derechos de los trabajadores. Gracias a ellos, que suscribieron en el Convenio Estatal de Estaciones de Servicio la siguiente frase, textual: «[...] además de cualquier otra [actividad] encaminada a una adecuada explotación del punto de venta [...]», nos hemos visto durante todos estos años sometidos a una presión brutal, soportando cada vez más trabajo y exigencias.
Por cierto, el otro día, un compañero que está de baja por estrés me comentó que se encontró en la mutua con otra compañera, trabajadora de una estación distinta perteneciente a Campsared. Me dijo que estaba temblorosa, llorando, devastada ante la creciente presión que está ejerciendo nuestra empresa por el tema de la multienergía, los waylets, los leeds y tanta mierda que han consentido nuestros sindicatos. Estos, parece ser que han preferido poner el cazo en lugar de reclamar un cese radical de esta actitud, anteponiendo la salud de los trabajadores, si es que aún piensan en ellos en algún momento.
Curiosamente, la recepcionista les comentó que, últimamente, Campsared estaba viéndose afectada por una fiebre de bajas provocadas por el estrés. ¿Qué les podemos decir a nuestros sindicatos? ¿Cuándo van a plantarse ante la empresa exigiendo la paralización de este acoso que busca la «productividad feroz» a costa de exprimir a los trabajadores?
Me temo que esto no va a ocurrir y que en el próximo convenio —además de pactar otra subida por debajo del IPC—, volveremos a ver la frasecita de marras, como un triste recordatorio de la «vergüenza» sindical que nos está representando.